Los zarpazos de Houellebecq
Michael Houellebecq no sólo se ha limitado a escribir El mapa y el territorio, su última novela, sino que también encarna a uno de los personajes secundarios más interesantes de la misma. Si bien en su primera aparición el autor de Las partículas elementales se muestra relajado y distendido, en un segundo acto lo encontramos sucio, algo ebrio e incluso desprendiendo cierto hedor. Además, confiesa sombríamente a Jed que ha recaído en los embutidos. Para terminar la velada, Houllebecq se centra en la figura de Picasso:
“Sí, es un poco bizantinesco –convino con buena voluntad el autor de Plataforma-. Pero no tengo la sensación de que usted sea un retratista de verdad. El retrato de Dora Maar que hizo Picasso, ¿acaso no nos importa un pepino? De todos modos, Picasso es feo, pinta un mundo horriblemente deformado porque su alma es fea, es todo lo que se puede decir de Picasso, no hay ninguna razón para seguir favoreciendo la exposición de sus lienzos, no tiene nada que aportar, no hay ninguna luz en él, ninguna innovación en el modo de organizar colores o formas, en suma, no hay en Picasso absolutamente nada que merezca señalarse, sólo una estupidez extrema y un pintarrajeo priápico que puede cautivar a algunos sexagenarios con una cuenta abultada en el banco.”
"Piensa en esto: cuando te regalan un móvil te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el móvil, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, Samsung Galaxy o Iphone, con miles de aplicaciones; no te regalan solamente esa menuda computadora que llevarás en el bolsillo y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que unir a tu cuerpo como un trocito desesperado refugiándose en tu ropa. Te regalan la necesidad de mirarlo todos los días, la obligación de recargarlo para que siga siendo un móvil; te regalan la obsesión de atender a los mensajes y llamadas, a los anuncios por la radio, a las ofertas que llegan por servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu teléfono con los demás móviles. No te regalan un móvil, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del teléfono".
“Se considera tan lector como editor. Le retiró de la edición básicamente la salud, pero le parece que en parte también el becerro de oro de la novela gótica, que forjó la estúpida leyenda del lector pasivo. Sueña con un día en el que la caída del hechizo del best-seller dé paso a la reaparición del lector con talento y se replanteen los términos de contrato moral entre autor y público. Sueña con un día en el que puedan respirar de nuevo los editores literarios, aquellos que se desviven por un lector activo, por un lector lo suficientemente abierto como para comprar un libro y permitir en su mente el dibujo de una conciencia radicalmente diferente a la suya propia. Cree que si exige talento a un editor literario o a un escritor, debe exigírsele también al lector. Porque no hay que engañarse: el viaje de la lectura pasa muchas veces por terrenos difíciles que exigen capacidad de emoción inteligente, deseos de comprender al otro y acercarse a un lenguaje distinto al de nuestras tiranías cotidianas. Como dice Vilém Vok, no es tan sencillo sentir el mundo como lo sintió Kafka, un mundo en el que se niega el movimiento y resulta imposible siquiera ir de un poblado a otro. Las mismas habilidades que se necesitan para escribir se necesitan para leer. Los escritores fallan a los lectores, pero también ocurre al revés y los lectores le fallan a los escritores cuando sólo buscan en éstos la confirmación de que el mundo es como lo ven ellos…”
Me encuentro, sin considerarme ni mucho menos un seguidor de
“El hombre no es más que su imagen. Los filósofos pueden decirnos que es irrelevante lo que el mundo piense de nosotros, que sólo vale lo que somos. Pero los filósofos no comprenden nada. En la medida en que vivimos con la gente, no somos más que lo que la gente piensa que somos. Pensar en cómo nos ven los demás e intentar que nuestra imagen sea lo más simpática posible se considera una especie de falacia o de juego tramposo. ¿Pero acaso existe alguna relación directa entre mi yo y el de ellos sin mediación de los ojos? ¿Acaso es concebible el amor sin que controlemos angustiados nuestra imagen en la mente de la persona amada? Cuando ya no nos interesamos por la forma en que nos ve aquel a quien amamos, significa que ya no le amamos.
“Los que dirigen también son tontos; pero en lugar de obedecer a los hombres, obedecen a principios, los cuales no pueden ser más necios, estériles y falsos, por el mero hecho de ser principios, es decir, ideas tenidas por ciertas e inmutables, en un mundo en el que nadie está seguro de nada, siendo la luz una ilusión, siendo el ruido una ilusión” (El horla, Guy de Maupassant)
