La Coctelera

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Categoría: Discos

6 Noviembre 2009

Syd Barrett

Roger Keith Barrett nació en Cambridge el 6 de enero de 1946. Su cambio de nombre se debe a la admiración que tuvo de joven hacia Sid Barrett, un músico de jazz perteneciente a la escena local. A los dieciocho años comenzaron las reuniones con amigos en una de las habitaciones traseras de su casa, un lugar donde podían escuchar tranquilamente Radio Luxemburgo y pinchar singles americanos rebosantes de sudoroso rock’n’roll. Geoff Mott and the Mottoes fue el primer grupo que formó junto a dos de sus compañeros, Clive Welham y el propio Geoff Mott, con un repertorio donde destacaban las recreaciones de varios temas de los Shadows. “Después nos separamos”, cuenta Barrett, “y me centré más en el blues, esta vez tocando un bajo Hofner”. Ese cambio de dirección se dejaría notar en su siguiente banda, The Hollerin’ Blues, que machacaban discos de artistas como Bo Diddley o Jimmy Reed antes de ponerse a ensayar. Poco tiempo estuvieron juntos, ya que Barrett comenzó el primero de sus tres años en el Camberwell School of Art de Londres. Al llegar, Syd se reencontró con Roger Waters, un amigo suyo que estudiaba arquitectura en la Politécnica de Regent Street y al que conocía desde hacia tiempo en Cambridge. El grupo donde tocaba Waters incluía a otros componentes de los futuros Pink Floyd: Nick Mason y Richard Wright. Barrett se unió a ellos cuando eran conocidos como The Abdabs. “Tuve que comprarme una guitarra, ya que Roger tocaba el bajo y no queríamos un grupo que tuviera dos”. Tras pasar por varias denominaciones (Megadeaths, Spectrum Five o The Tea Set fueron algunas de ellas) llegaron a la de Pink Floyd, nombre extraído de dos bluesmen, Pink Anderson y Floyd Council.

Hasta pasado un tiempo, Barrett continuó más interesado en otra de sus aficiones: la pintura. Sin embargo, cuando los Floyd comenzaron a subirse a los escenarios con cierta regularidad, Syd se volcó de lleno en la composición, creando los primeros bocetos de unos pasajes que posteriormente iría llenando de sonidos. Sus influencias, que iban desde los sempiternos Beatles y Rolling Stones al blues de Chicago, con parada en las evocadoras estampas creadas por J.R.R. Tolkien, se iban concretando poco a poco en unas canciones que no dejaban indiferentes a su círculo de amigos y conocidos. No faltaban en sus torrenciales sesiones creativas el alegre consumo de marihuana y hachís. "En aquellos días él era el verdadero creador del grupo", comenta June, la que fuera esposa de Marc Bolan. "Cuando se ponía a escribir una canción pensaba en cómo tendría que sonar cada instrumento. Manejaba muy bien la guitarra". Las actuaciones de Pink Floyd contaban con el fuerte atractivo del acompañamiento de luces y proyecciones, algo innovador para la época (la Velvet Underground, al otro lado del Atlántico, comenzaban a ofrecer un espectáculo similar). En muchos casos, estos conciertos terminaban por convertirse en una suerte de jam sessions lisérgicas en donde la sombra de Barrett se movía al ritmo de unos acordes que parecían llegados de abismos sónicos inexplorados hasta el momento.

El primer salto de importancia para los Floyd lo podríamos fijar a partir de sus apariciones en el club UFO (fundado por John Hopkins y Joe Boyd), por donde también pasaron bandas ilustres como Procol Harum, Tomorrow o The Crazy World of Arthur Brown. Junto a este hecho, es obligado señalar la inclinación de Barrett, a comienzos de 1967, por el LSD, la sustancia alucinógena de moda que también encandiló a formaciones como Jefferson Airplane o Grateful Dead. Es también durante esos días cuando Roger, Syd, Nick y Rick deciden dejar de lado sus estudios para centrarse completamente en el grupo; la prioridad era grabar un disco cuanto antes. Un mes después publicaban Arnold Layne, un primer sencillo compuesto por Barrett y producido por Boyd que levantó alguna polémica al tratar sobre un travesti ciertamente fetichista. El tema se coló en la lista de los más vendidos y sirvió para descubrir a un público más amplio el mágico mundo que Barrett intentaba trasladar al territorio del pop. Ya en pleno "Verano del amor" llegaría un segundo lanzamiento bajo el nombre de See Emily play, nuevo single nacido de la pluma y la (alterada) mente de un Syd Barrett que ya tenía preparado gran parte del material que se incluiría en el primer álbum de Pink Floyd. Los juegos de Emily afianzaron el creciente éxito de un grupo cuyo cerebro nos ofrecía fotografías musicales llenas de travestis cleptómanos, niñas incomprendidas o gnomos ataviados con túnicas escarlatas. Según ha comentado David Gilmour, que aún no pertenecía a la banda, fue durante las grabaciones de See Emily play cuando Barrett dio las primeras muestras serias de un cambio de personalidad debido al consumo de distintos tipos de drogas (“muchas veces ni me reconocía cuando me pasaba por el estudio”).

Unos días después se publicaba The piper at the gates of dawn (Capitol, 1967), primer LP de Pink Floyd. El llamativo título está sacado de El viento en los sauces, de Kenneth Grahame, una de las lecturas favoritas de Syd. El álbum, considerado una de las obras más importantes de la música psicodélica, también es un muestrario de lujo para introducirse en la cada vez más marchitada mente de nuestro protagonista. The piper, a pesar de las distintas y esenciales aportaciones del resto de componentes del grupo, es un libro sonoro marcado por una imaginación, la de Barrett, que ya dibujaba paisajes imposibles pero que, por suerte o por desgracia (disyuntiva candidata a constante bajo estas condiciones), se vieron ampliados y coloreados más intensamente gracias a sustancias como el citado LSD. El disco nos presenta a personajes tan variopintos como el gnomo Grimble Crumble, un espantapájaros excesivamente triste o un chico que repasa sus increíbles pertenencias para ofrecérselas a la muchacha que le quita el sueño (“eres el tipo de chica que encaja en mi mundo”). La apertura con Astronomy Domine o ese desmadre caleidoscópico llamado Interstellar overdrive allanaron el camino para aquellos que etiquetaban su música como “espacial” y otras denominaciones por el estilo. Lo cierto es que sería por esos caminos, que parecían (y parecen) abiertos gracias a experimentos realizados en un laboratorio algo bizarro, por donde la banda transitaría y alcanzaría el éxito masivo tras la partida de Syd Barret.

Según Peter Jenner, mánager de Pink Floyd en aquellos primeros años, “todo era muy fácil por aquel entonces. La pregunta es por qué luego se volvió tan difícil. Yo culpo al ácido, pero creo que si no hubiera sido alguna otra cosa”. Wright también lo tenía más o menos claro: “La cuestión es que uno no sabe si el ácido aceleró todo ese proceso que ya estaba ocurriendo en su cerebro o si lo causó. Nadie lo sabe, pero estoy seguro de que las drogas tuvieron mucho que ver”. Los síntomas fueron acrecentándose en Barrett con el discurrir de los días; su jovialidad se iba perdiendo poco a poco, los lapsus de memoria eran mayores y algunos de sus actos hicieron sonar la alarma en su entorno (llegó a encerrar a su novia durante tres días alimentándola únicamente con galletas que le pasaba por debajo de la puerta). Las sustancias que consumía no lograban evadirle de la realidad de un mundo, muy alejado de aquellos construidos dentro de su cabeza, en donde la presión de una gira agotadora, la fama y las diferencias con sus compañeros eran obstáculos que había que sortear prácticamente a diario. En un programa de radio de la BBC, Syd llegó a marcharse en mitad de la emisión declarando que no quería volver a hacer algo así jamás. A ello le siguió un comportamiento cada vez más problemático encima de los escenarios: es fácil, tras conocer un poco más a fondo esta historia, imaginarse a Syd frente al micro, con la mirada perdida y rasgueando su guitarra de forma errática. Así lo recordaría Roger Waters años más tarde, refiriéndose a algunos recitales de la gira americana y a los conciertos que dieron posteriormente como teloneros de Jimi Hendrix: “Desafinaba toda la guitarra durante una canción, golpeando las cuerdas… Algo muy moderno pero muy difícil para que pudiéramos seguirlo. En momentos así pensábamos que necesitábamos otra persona”. Estaba claro que sus compañeros comenzaban a perder la paciencia y probablemente, en toda aquella vorágine de acontecimientos desbordantes, no prestaran a Barrett la atención que requería. Ellos mismos, años más tarde y gracias al imbatible punto de vista que otorga la perspectiva temporal, han declarado que podrían haber tratado una situación tan complicada de otra manera. Ese agrio sabor, mezcla de añoranza y ¿culpabilidad? llevaría a Pink Floyd a dedicar gran parte de su obra posterior al compañero caído y casi abandonado (está presente en álbumes tan mastodónticos como Dark side of the Moon, Wish you were here o The wall, sin duda alguna la columna vertebral de la discografía post-Barrett). Para intentar arreglar los problemas en directo, David Gilmour se incorporó a la formación. Como quinteto la existencia fue breve ya que un día, antes de la actuación, sus amigos no se pasaron a recoger a Syd. Algunas semanas más tarde se hacía público el anuncio oficial de que “había dejado el grupo”.

Barrett se mudó entonces al apartamento de Storm Thorgerson, diseñador de Hipgnosis y responsable de muchas de las clásicas portadas de la banda. A mediados de año se editaría A saucerful of secrets (Capitol, 1968), segundo álbum de Pink Floyd, en donde la participación de Syd se limitaba a Jugband blues, una pieza neblinosa que servía para cerrar un trabajo meritorio pero claramente inferior al supersónico debut capitaneado por Barrett. En los primeros meses de 1969, el Diamante loco volvería a los estudios Abbey Road para grabar su primer disco en solitario. Las canciones gustaron a Malcolm Jones, responsable de Harvest Records, que se volcó en un proyecto donde participarían personajes como Jerry Shirley (Humble Pie), Willie Wilson (Quiver) o los Soft Machine. Las sesiones se volvieron complicadas por momentos, especialmente cuando los músicos cuestionaban a Syd sobre lo distintos recovecos de una canción. Cuenta Robert Wyatt que, si le preguntaban algo como “¿en qué tonalidad está?”, él simplemente respondía “sí”. David Gilmour y Roger Waters aparecieron entonces para comandar las grabaciones restantes y ocuparse también de la mezcla de un álbum que, para más inri, se llamaría The madcap laughs (algo así como “El loco se ríe”). El resultado es un compendio de melodías donde prima una sencillez cimentada en la voz y la guitarra de Barrett y cuyos textos mantenían el sabor de los escritos para The piper at the gates of dawn. Sin embargo, las historias más o menos reconocibles de los primeros tiempos dejaban paso a imágenes más difusas y extrañas (Love you comienza con un irresistible y laberíntico “honey love you, honey little, honey funny sunny morning, love you”). El buen recibimiento por parte del público animó a Syd a grabar un segundo trabajo al que llamaría Barrett. Editado a finales de 1970, el disco no contó en esta ocasión con la colaboración de Waters pero sí con la de Richard Wright. Este último, cuatro años después, se despacharía a gusto: “No puedo imaginar que esos trabajos le gusten a alguien; musicalmente son atroces. La mayoría de las canciones eran fabulosas, pero era imposible obtener un sonido claro por el estado en que se encontraba Syd en aquel momento”. Pero, al igual que tras su periodo en Pink Floyd, Syd terminó por sucumbir al huracán de exigencias que conlleva la fama y se trasladó a la casa de su madre en Cambridge donde, según cuentan, ingresó en un sanatorio durante una temporada. Ya en 1972 formaría una banda llamada Stars junto a Twink, el que fuera batería de grupos como Pink Fairies o Tomorrow. Durante los dos años siguientes, Syd obtendría grandes ingresos gracias a los royalties de sus temas (David Bowie había grabado See Emily play) mientras su leyenda comenzaba a crecer con más ímpetu. Físicamente, Barrett engordó hasta los noventa kilos, se afeitó la cabeza y su vestuario habitual se nutría de bermudas y camisas hawaianas. Peter Jenner intentó que grabara material nuevo, pero finalmente desistió ante una tarea que ya se antojaba prácticamente imposible para todos. El mismo Jenner llegó a declarar años más tarde que “Syd era un gran artista, de una creatividad increíble, y es trágico que el negocio de la música haya tenido bastante que ver en su hundimiento”. Durante la grabación de Wish you were here (Capitol, 1975), los componentes de Pink Floyd recibieron en el estudio la visita de un Syd al que nadie reconoció hasta que no repararon atentamente en su mirada. En la década de los 80, sus apariciones en prensa fueron cada vez más escasas (aunque llegó a publicarse que había muerto) y no visitaba a sus antiguos compañeros porque, si lo hacía, se deprimía durante largas temporadas.

Desde entonces, su legado, como es natural en estos casos, se ha estrujado con la publicación de sesiones inéditas de grabación, directos o recopilatorios (tal vez el más recomendable para un melómano sea Crazy diamond, un box-set compuesto de tres compactos y editado por Harvest/EMI en 1994). También son destacables las numerosas citas y homenajes hacia su persona durante estas últimas décadas dentro del mundo de la música, así como las distintas revisiones de algunos de sus temas por parte de grupos y artistas como The Jesus and Mary Chain o Robyn Hitchcock. Barrett, durante estas últimas décadas, recibía un trato comparable al de Hendrix o Janis Joplin, con la diferencia de que él, aunque escondido y herido de muerte, aún se mantenía con vida. En julio de 2005, Pink Floyd se reunieron y dedicaron Wish you were here a Syd en un momento verdaderamente emocionante. Justamente un año después nos llegaba la triste noticia del fallecimiento de Barrett debido a un cáncer pancreático. Probablemente, desde su particular paraíso multicolor, el "Diamante loco" se siga preguntando eso de “¿y qué es exactamente un sueño? ¿y qué es exactamente un chiste?”. Tal vez la respuesta sea él mismo…

(Texto aparecido originalmente en el número 3 de 200 días en Sing Sing)

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4 Noviembre 2009

Ya disponible el número 3 de 200 días en Sing-Sing

Direccion: Javier M. Reguera
Diseño & Maquetacion: Javier M. Reguera
Portada No. 3: Fernando Montiel Klint

pdf Descargar 200 dias en Sing-Sing No.3 Noviembre 09

Colaboran en este numero. Fernando Montiel Klint. El Señor García. Luis Catalá Oltra. Carmelo Hernando. Rodolfo Martínez Gras. Germán Labrador Méndez. Miguel Trillo. Javier Molinero. Francisco José Fernández Luque. Pablo Mazo. Esther García Llovet. Alvaro Vargas. Irene Pérez.. Veda. Luisa Medina. José Luis Micó.

200 días en Sing Sing

Así se fundó Carnaby Street

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18 Octubre 2009

Big Star - Keep an eye on the sky

Parece que Big Star van teniendo poco a poco el reconocimiento que se merecen. Sus tres obras de los setenta -trabajos de los que se nutre esta caja recopilatoria, ya que lo de In space (Rykodisc, 2005) quedará como una anécdota en su trayectoria- son un referente para gran parte de la generación power-pop que va desde la pasada década a la actualidad. Nombres como los de R.E.M., Teenage Fanclub o The Replacements -cuyo tema Alex Chilton fue incluido en una de las ediciones del videojuego Rock Band- han demostrado en más de una ocasión su devoción por ellos. El desembarco de internet también ha ayudado a ensalzar las cualidades de una banda a la que no pocas veces le han colgado el sambenito de “grupo maldito”. Además, las constantes giras -Alex Chilton y Jody Stephens, los dos miembros originales de la formación, junto a Jon Auer y Ken Stringfellow, ambos pertenecientes a los Posies- han revitalizado el interés por unas canciones que siempre estuvieron ahí, probablemente algo enterradas, pero a la vista de todo el mundo.

Rhino, responsable de la edición de algunas de las cajas recopilatorias más recomendables de los últimos años, nos ofrece en esta ocasión un box-set que se nos antoja imprescindible, especialmente para aquellos seguidores de la banda que tienen como referencia la inmaculada trilogía compuesta por #1 Record (Ardent, 1972), Radio city (Ardent, 1974) y Third/Sisters lovers (Rykodisc, 1978). Estructurado en cuatro compactos, Keep an eye on the sky (Rhino, 2009) nos ofrece su conocido material de estudio acompañado de numerosas demos y tomas alternativas, la mayoría de ellas inéditas hasta ahora. En este sentido, destacan los temas al desnudo del tortuoso y genial Third/Sisters lovers (definitivamente, podríamos coronar a Holocaust como una de los momentos más desoladores del rock). También encontramos piezas de los proyectos anteriores a Big Star como Try again y The preacher (Rock City) o All i see is you (Icewater), cuyo estribillo parece estar sacado del Dig a pony de los Beatles. Todo un acierto, además, el de incluir I am the cosmos y You and your sister, canciones que aparecían en el primer y único álbum del malogrado guitarrista Chris Bell.

El último de los cuatro discos recoge una actuación del grupo en el Lafayette's Music Room de Memphis en enero de 1973, dentro de una gira donde presentaban #1 Record y ofrecían algún adelanto de lo que sería su próximo trabajo -ya sin Chris Bell, que había abandonado recientemente la formación-. Dentro del setlist encontramos clásicos como Thirteen o The ballad of El Goodo junto a enérgicas revisiones de Baby's strange (T-Rex), Come on now (The Kinks), Hot burrito #2 (The Flying Burrito Brothers) y un Slut (Todd Rundgren) que actualmente la siguen invocando en sus directos.

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12 Octubre 2009

Nacho Vegas - El género bobo

Como consecuencia de sus experiencias con Bunbury, Christina Rosenvinge y la Trama Asturiana en Lucas 15, el Nacho Vegas que conocíamos ha desaparecido parcialmente. El manifiesto desastre (Limbo Starr, 2008) apostaba por cuestiones ya tratadas -muerte, sordidez, drogas- pero dejando un margen bastante generoso para todo lo contrario. Ahora vuelve al formato EP -que tan buenos momentos ha regalado a sus seguidores desde que abandonó Manta Ray- con El género bobo (Limbo Starr, 2009), un mini-disco compuesto por cuatro temas junto a una pequeña introducción y cuya inquietante portada ha realizado para la ocasión Luis Díez.

En el prólogo, bautizado Como en los erizos, el asturiano toma prestado la introducción que el poeta Luis Cernuda escribió para el comienzo de Ocnos (“Como los erizos, ya sabéis, los hombres un día sintieron su frío. Y quisieron compartirlo. Entonces inventaron el amor. El resultado fue, ya sabéis, como en los erizos”). Pesadilla genérica es rescatada de las sesiones de grabación de su último álbum –ligeramente country e incluso festiva a ratos- y en Penúltimo anhelo regresa la figura paterna aunque sin aquella trascendencia y oscuridad de El ángel Simón (“Porque padre / no soy como usted / y mi anhelo es llegar a ser alguien que nació, se puso a vivir y consiguió ser amado y amar en la tierra / y morir”). Cierra este EP (Al final) Te estaré esperando, canción que venía presentando desde hacía meses en algunos de sus conciertos de forma acústica y que, una vez arropada convenientemente, no crece en ninguna dirección –aunque como curiosidad podríamos resaltar ese extraño capricho tras un silencio demasiado extenso al finalizar el tema-. No nos hemos olvidado de Las inmensas preguntas, sin dudas el mejor momento de El género bobo y probablemente una de las composiciones más brillantes del asturiano en los últimos tiempos. Ramón Lluis Bande ha sido el encargado de dirigir el vídeo que lo acompaña, una suerte de continuación de aquel Seronda que resulta ciertamente estremecedor dentro de su aparente sencillez.

Ahora que para muchos se acerca el final de la década es necesario escribir una vez más en la pizarra el nombre de Nacho Vegas con tizas de colores. ¿Alguien duda de su contribución musical a lo largo de esta última década (su primera en solitario, por cierto) dentro del panorama independiente nacional? ¿Tú? ¡Pues al género bobo debes pertenecer!

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3 Octubre 2009

My Back Pages cumple 4 años

Llamas carmesíes atadas a mis orejas
haciendo rodar trampas altas y fuertes
las ataqué súbitamente con fuego
en llameantes carreteras
usando ideas como planes,
nos encontraremos en la frontera, dije
orgulloso y con la frente acalorada.
Ah, pero yo era más viejo entonces,
soy más joven ahora

Medio atormentado me saltaba prejuicios
destruir todo odio gritaba
mentía que la vida es blanco o negro
hablaba desde mi cráneo, soñaba
románticas hazañas de mosqueteros
de algún modo profundamente cimentadas.
Ah, pero yo era más viejo entonces
soy más joven ahora

Caras de chicas formaban la senda
desde falsas envidias
a la memorización de políticos
de la historia antigua
echadas abajo por un cadáver evangelizador
privado de algún modo de pensamiento.
Ah, pero yo era más viejo entonces
soy más joven ahora

La autodispuesta lengua de un profesor
demasiado seria para engañar
recita que libertad
es igualdad en la escuela
“igualdad”, pronuncié la palabra
como si se tratara de un voto nupcial.
Ah, pero yo era más viejo entonces
soy más joven soy ahora

En una postura soldadesca, apunté mi mano
a los perros callejeros que enseñaba
sin tener que me convirtiera en mi enemigo
en el momento en que predicara,
mi existencia se guió por barcos en confusión
amotinados de proa a popa.
Ah, pero yo era más viejo entonces
soy más joven ahora

Sí, mis guardias permanecieron fuertes
cuando las amenazas abstractas
demasiado nobles para descuidarlas
y me engañaron a pensar
que tenía algo que proteger
el bien o el mal, yo definí los términos,
de algún modo más claro sin duda.
Ah, pero yo era más viejo entonces
soy más joven ahora


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30 Septiembre 2009

The Black Crowes – Before the frost… until the breeze

Tras su esperado y notable regreso con Warpaint (Silver Arrow, 2008), los Cuervos vuelven a la carga con una doble entrega titulada Before the frost… until the breeze (Silver Arrow/Angelus, 2009) repartida en dos partes; con la compra física de la primera tienes acceso a un código de descarga para conseguir la segunda. De esta forma los Black Crowes, cerca de su vigésimo aniversario, también se suben al carro de esos artistas que, de una forma u otra, se han lanzado a probar y descubrir nuevas modalidades de distribución a través de internet.

En Before the frost… escuchamos a un grupo en un envidiable estado de forma, hecho que pudieron comprobar en nuestro país los afortunados asistentes al pasado Azkena Rock Festival. Continúan firmando notables momentos eléctricos -potente apertura con Good morning captain-, y otros tantos con menos decibelios pero de incontenible belleza, como es el caso de Appaloosa, probablemente uno los mejores temas del lote. Su faceta más jam-band, a la que recurren con asiduidad en sus directos, queda patente en Been a long time (waiting on love), donde hacia la parte final nos encontramos con toda una algazara instrumental que lo convierte en otro de los tramos más celebrados del álbum. I ain’t hiding, canción elegida para presentar el disco, divide la opinión de los seguidores del grupo al contar con una base rítmica pensada para la pista de baile que, lejos de resultar un experimento fallido, funciona y termina convenciendo -digamos que se trata de su Miss you stoniano particular-. Para la cara B dejan la delicada What is home? -cuya novedad es la voz principal, que corre a cargo de Rich Robinson-, Make glad -de ritmo zeppeliano cercano al Physical graffiti- o The last place that love lives, corte acústico que anticipa lo que encontraremos en la segunda parte de este doble trabajo.

Y es que Until the breeze, el contenido para descargar, se nutre principalmente de folk, bluegrass y country. Todo una delicia desde ese comienzo salpicado de tintes lisérgicos -Aimless peacock- hasta la embriagadora Fork in the river, sin olvidarse de la emocionante So many times, original de Stephen Stills. Before the frost… until the breeze, producido por Paul Stacey y que cuenta con la colaboración de Larry Campbell, fue grabado durante cinco noches en los estudios de Levon Helm (The Band) en Woodstock. Todas las canciones fueron registradas en directo frente a un racimo de envidiables seguidores del grupo, de ahí los aplausos (tal vez prescindibles) que podemos escuchar al finalizar cada tema.

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20 Septiembre 2009

Flamin' Groovies - Shake some action

Los Flamin' Groovies grabaron a mediados de los setenta uno de los discos más recomendables dentro de lo que podríamos denominar revisionismo sesentero, una práctica que han llevado a cabo infinidad de grupos a lo largo de los últimos cuarenta y cinco años -dos ejemplos rápidos y cercanos los tenemos en la obra de Bronco Bullfrog o en Los Negativos del imprescindible Piknik caleidoscópico-. Roy Looney, cantante de la banda desde sus comienzos, había sido sustituido por Chris Wilson, dejando a Cyril Jordan como cabeza más reconocible dentro de la formación. La pasión de ambos por la música que quince años antes había comenzado a mover los pies de unos jóvenes hambrientos de rock emergió vigorosamente a la hora de pensar en un nuevo trabajo. El productor, Dave Edmunds (ex Love Sculpture), ayudó a confeccionar unas canciones que parecen sacadas de algunas sesiones perdidas de los primeros Beatles, Rolling Stones o Byrds. Figuras como Bo Diddley, Buddy Holly o Phil Spector podrían añadirse también a la interminable lista de artistas reverenciados por Cyril Jordan y los suyos.

Grabado en los estudios Rockfield de Gales -donde, según Wilson, “lo único que podíamos hacer era sentarnos en la cocina de esa granja centenaria”-, la mitad de Shake some action (Sire, 1976) está compuesta de versiones. Temas como Let the boy rock’n’roll (Lovin' Spoonful), I saw her (Charlatans), Misery (Beatles) o She said yeah (Larry Williams) mantienen el sudor de las originales -algo ya de por sí muy complicado- y se asientan perfectamente entre las compuestas por el tándem Jordan-Wilson. Entre estas últimas, es imposible no destacar la pieza que da nombre al álbum. Shake some action, uno de esos momentos de insólita perfección, nació de tres ideas distintas que a Jordan le rondaban por la mente: “Tenía la intro, el riff principal y el estribillo. Estaban guardadas para desarrollarlas y escribir tres canciones. Una noche dije: esto suena bien si lo junto todo. ¿Por qué no lo hago?’’. El resultado es un tema al que no podemos -ni debemos- escatimar elogios. Shake some action, al igual que la emocionante You tore me down, fueron recuperadas de unas sesiones celebradas en 1972. El resto del disco deslumbra por igual, especialmente en ese cierre con Teenage confidential -el reverso de aquel Teenage head en donde nos confesaban que “ella es una máquina de amor adolescente”- y I can't hide ("no puedes esconder lo que sientes hacia mí / Puedo leerlo en tus ojos y me gusta lo que veo").

Con su siguiente trabajo, Flamin' Groovies now (Sire, 1978), el grupo continuaría por la misma senda, recogiendo el testigo de la década anterior gracias a otro puñado de nuevas composiciones y versiones -tal vez menos inspiradas- con las que volvían a homenajear a nombres como los Byrds, Cliff Richard o, una vez más, los sempiternos Beatles y Stones. En cualquier caso, los Groovies no volverían a alcanzar la brillantez de Shake some action, un álbum clásico, delicioso e irrepetible.

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13 Septiembre 2009

200 días en Sing-Sing ya tiene web

Portada: Fernando Montiel Klint

200 dias en Sing-Sing
ya tiene web. Aunque el No.3 todavía está en cocina (en unos días estará disponible para descarga), hemos querido adelantar el lanzamiento de la web. Una versión beta que todavía está por corregir y aumentar. Sin embargo, desde sus paginas ya podeis descargar los dos primeros numeros, al igual que un PDF sobre cómo insertar publicidad en la revista (para empresas, marcas y otros modelos de negocio). Por supuesto, 200 dias en Sing-Sing no va a cambiar su política de accesibilidad y cultura de participación. Continuará siendo gratuita. Ese es su estado natural y así lo bebemos.

Web | 200 días en Sing-Sing

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