La Coctelera

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10 Diciembre 2009

Nacho Vegas – Política de hechos consumados

Política de hechos consumados se editó en marzo de 2006 gracias a Limbo Starr -antes lo había hecho a través de Palmart-, la eterna discográfica del asturiano. El mes pasado se lanzó de nuevo sumando un nuevo atractivo: las turbadoras ilustraciones realizadas por Pablo Gallo, que acompañan a los no menos inquietantes textos.

Los relatos, monólogos y poemas –como reza la portada- incluidos en sus apenas cien páginas presentan a unos protagonistas de sobra conocidos por todos aquellos que hayan seguido con más o menos constancia la vertiente musical de Nacho Vegas. Una vez más, las drogas, el sexo y la muerte se presentan como ese trío de intérpretes cuya pestilencia se deja notar con fuerza en cada página. Junto a ellos pasea la figura de su padre, principalmente en los relatos Figuritas humanas y El ángel Simón, de donde nació (¿o fue al revés?) la canción del mismo título incluida en su primer álbum, sin duda alguna una de las más celebradas de su repertorio. Todos estos ambientes sórdidos llenos de cocaína, cuartos oscuros y decadencia cederían terreno para algo más lumínico de haberse publicado durante este último curso, donde notamos a Vegas más feliz y eufórico. Pero hace tan sólo seis años se encontraba ante la publicación del mastodóntico Cajas de música difíciles de parar (Limbo Starr, 2003) y las cosas transcurrían en esferas diferentes, tal vez incluso invisibles (“No me digan que su vida es una pesadilla porque les acusaré de ligereza. La vida es más un vastísimo y doloroso insomnio”).

Política de hechos consumados termina funcionando, si bien es cierto que en ciertos tramos -aquí insertados como poemas- se echa en falta el rasgueo de alguna guitarra junto a una dolorosa voz que la acompañe. En cualquier caso, se trata de un documento muy apropiado para intentar sumergirnos, de forma más extensa, en la cabeza de un artista imprescindible. Una pequeña utopía cuyo camino merece la pena recorrer.

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2 Diciembre 2009

The Black Crowes – Cabin fever

Tras veinte años en la carretera, Chris Robinson y los suyos decidieron dar un paso más en su habitual proceso de grabación, una resolución que les llevó al estudio de Levon Helm (The Band) en Woodstock para terminar de perfilar una veintena de nuevas composiciones y, al mismo tiempo, presentarlas en vivo durante cinco noches consecutivas frente a un afortunadísimo grupo de seguidores. Fue en esas fructíferas sesiones nocturnas donde nacieron todos los temas que conformaban el doble y soberbio Before the frost… until de freeze (Silve Arrow, 2009). Ahora, y pasados ya algunos meses desde su lanzamiento, se edita Cabin fever (Silver Arrow, 2009), un paladeable DVD que nos ofrece la posibilidad de colarnos en la granja de Helm para asistir a esos conciertos intimistas en donde los Cuervos despliegan un repertorio completamente novedoso durante el que es, probablemente, su periodo más prolífico en todos los sentidos, aunando no sólo cantidad sino también calidad, algo especialmente meritorio y difícil de conseguir en una banda con dos décadas de vivencias a sus espaldas.

Tras degustar las breves palabras entre Chris y el propio Helm, los comentarios de los integrantes del grupo y la puesta en escena de unos temas que siguen insistiendo en las raíces sonoras norteamericanas –aunque la selección aquí es principalmente rockera-, la sensación que nos invade es la de cierta insatisfacción al imaginar la cantidad de material que se ha quedado fuera y el poco que –afortunadamente, eso también es verdad- hemos podido disfrutar a través de este DVD. Cabin fever incluye cortes ya imprescindibles como Good morning captain, la sugestiva Appaloosa o Been a long time (waiting on love). Como complementos exclusivos encontramos la inédita Little Lizzie Mae y versiones de Fred Neil (Dolphins) y la Velvet Underground (Oh! Sweet nothin’) en donde la voz, al igual que ya ocurría en What is home, corre a cargo de Rich Robinson.

Creemos que el mayor logro de este DVD reside en la posibilidad de sentirnos uno más de los asistentes a esas veladas que podríamos catalogar de mágicas; intrusos en el corazón creativo de una de las bandas más en forma del panorama actual. Enfrentados al aliento de un público fascinado, los Cuervos –ayudados de forma intermitente por Larry Campbell- nos ofrecen un tratado de rock sin parangón, el mismo que podemos seguir disfrutando en los discos de grupos como Grateful Dead, los Faces o Led Zeppelin, pero que, desgraciadamente, tan complicado es de encontrar hoy en día. Breve pero intenso, Cabin fever es todo un orgasmo sonoro y visual. Imprescindible.

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26 Noviembre 2009

Gary Lucas (Teatro Alameda, Málaga, 19.11.09)

Del 18 al 26 de noviembre se celebró en Málaga la XIX edición del Festival de Cine Fantástico, un evento organizado por la UMA y entre cuyas actividades podíamos encontrar, además de las proyecciones habituales en este tipo de ciclos, concursos de cortos, una sección especial conmemorando los cuarenta años de la llegada del hombre a la luna o un homenaje a Edgar Allan Poe. La programación también incluía las denominadas actividades paralelas, sección donde quedó enmarcado el concierto de Gary Lucas.

El neoyorquino, que ha trabajado con infinidad de artistas que van desde Lou Reed a Jeff Buckley -es coautor de los temas Grace y Mojo pin-, pasando por Captain Beefheart, Van Dyke Parks o Iggy Pop, ha basado gran parte de su producción en la creación de bandas sonoras para películas clásicas, que posteriormente recrea sobre los escenarios -su obra más conocida en este sentido probablemente sea la que realizó para El golem, de Paul Wegener-. En el Teatro Alameda, Lucas se presentaba con el espectáculo Sonidos del surrealismo y Monstruos del subconsciente, que incluía en su primera parte filmes cortos totalmente vanguardistas -simpatiquísimo el protagonizado por unos insectos adúlteros- y en la segunda retazos de cintas terroríficas como La semilla del diablo, King Kong o El pueblo de los gigantes. La sincronización de la música de Lucas con lo mostrado en la pantalla fue absoluta. Para ello utilizó dos guitarras –una acústica y otra eléctrica- que, junto con multitud de pedales y efectos especiales, consiguieron adornar de un encanto especial las inquietantes imágenes, la mayoría de ellas impregnadas de cierto exceso y bizarrismo. En definitiva, interesante propuesta a precio de risa (dos euros nos pidieron por la entrada) y, desde luego, una oportunidad única para conocer, tal vez, la faceta menos conocida de un guitarrista tan excepcional como es Gary Lucas.

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18 Noviembre 2009

Cooper en LMC (Teatro Cánovas, Málaga, 14.11.09)

La Música Contada, esa charla informal y autobiográfica con banda sonora incluida, cumple esta temporada diez años. Desde octubre de 2000 han pasado por este bendito invento más de ciento cincuenta nombres pertenecientes al mundo de la música, el periodismo o el cine. Todos ellos, en mayor o menor medida, han ofrecido pinceladas de su vida sustentadas en canciones vitales y anécdotas para enmarcar ante un público siempre atento y participativo. Esta nueva temporada, por la que ya han pasado El Langui, Julio Ruiz, Cathy Claret y los planetarios J y Florent, incorpora a Córdoba dentro del circuito habitual que comprenden Sevilla, Granada y Málaga.

Álex Díez (Los Flechazos, Cooper) desembarcó en la Costa del Sol bajo un formato cada vez más recurrente en La Música Contada: interpretar en formato acústico algunos de los temas que más han influido en su vida (algo que, por ejemplo, ya realizó Antonio Luque el año pasado). Bajo esta premisa y con el acompañamiento del guitarrista Mario Álvarez, Álex ofreció un repertorio que incluía a grupos como Nacha Pop, Beatles, Kinks, Raspberries o sus adorados Small Faces. En los huecos entre canción y canción llegaban las historias escondidas tras ellas, ésas en donde nos confesaba su perplejidad al verse comparado una y otra vez con Paul Weller, o lo que se hubiera perdido si no llega a darle una segunda oportunidad a un Ray Davies cuya voz, al igual que la suya, detesta. También contó cómo llegó a disfrutar de un directo del genial Steve Marriott en un pequeño local de Londres –¡frente a unas quince personas!- mientras que a pocos kilómetros de allí los Rolling Stones reventaban el Wembley Arena y, tremenda paradoja, proyectaban la imagen de Marriott en grandes pantallas junto a otras figuras mayúsculas del rock.

Antes de la ronda final de preguntas por parte del público pudimos disfrutar de una versión reducida de La Música Contada a cargo de una chica del público. La selección nos paseó por temas de Pet Shop Boys, Bowie, El Niño Gusano, Pulp o Antony Hegarty. Finalmente, Álex volvió al escenario para responder diferentes cuestiones planteadas por sus seguidores (su baja en la organización del Purple Weekend, por ejemplo) y despedirse entre los aplausos y sonrisas de un Cánovas más mod que nunca.

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6 Noviembre 2009

Syd Barrett

Roger Keith Barrett nació en Cambridge el 6 de enero de 1946. Su cambio de nombre se debe a la admiración que tuvo de joven hacia Sid Barrett, un músico de jazz perteneciente a la escena local. A los dieciocho años comenzaron las reuniones con amigos en una de las habitaciones traseras de su casa, un lugar donde podían escuchar tranquilamente Radio Luxemburgo y pinchar singles americanos rebosantes de sudoroso rock’n’roll. Geoff Mott and the Mottoes fue el primer grupo que formó junto a dos de sus compañeros, Clive Welham y el propio Geoff Mott, con un repertorio donde destacaban las recreaciones de varios temas de los Shadows. “Después nos separamos”, cuenta Barrett, “y me centré más en el blues, esta vez tocando un bajo Hofner”. Ese cambio de dirección se dejaría notar en su siguiente banda, The Hollerin’ Blues, que machacaban discos de artistas como Bo Diddley o Jimmy Reed antes de ponerse a ensayar. Poco tiempo estuvieron juntos, ya que Barrett comenzó el primero de sus tres años en el Camberwell School of Art de Londres. Al llegar, Syd se reencontró con Roger Waters, un amigo suyo que estudiaba arquitectura en la Politécnica de Regent Street y al que conocía desde hacia tiempo en Cambridge. El grupo donde tocaba Waters incluía a otros componentes de los futuros Pink Floyd: Nick Mason y Richard Wright. Barrett se unió a ellos cuando eran conocidos como The Abdabs. “Tuve que comprarme una guitarra, ya que Roger tocaba el bajo y no queríamos un grupo que tuviera dos”. Tras pasar por varias denominaciones (Megadeaths, Spectrum Five o The Tea Set fueron algunas de ellas) llegaron a la de Pink Floyd, nombre extraído de dos bluesmen, Pink Anderson y Floyd Council.

Hasta pasado un tiempo, Barrett continuó más interesado en otra de sus aficiones: la pintura. Sin embargo, cuando los Floyd comenzaron a subirse a los escenarios con cierta regularidad, Syd se volcó de lleno en la composición, creando los primeros bocetos de unos pasajes que posteriormente iría llenando de sonidos. Sus influencias, que iban desde los sempiternos Beatles y Rolling Stones al blues de Chicago, con parada en las evocadoras estampas creadas por J.R.R. Tolkien, se iban concretando poco a poco en unas canciones que no dejaban indiferentes a su círculo de amigos y conocidos. No faltaban en sus torrenciales sesiones creativas el alegre consumo de marihuana y hachís. "En aquellos días él era el verdadero creador del grupo", comenta June, la que fuera esposa de Marc Bolan. "Cuando se ponía a escribir una canción pensaba en cómo tendría que sonar cada instrumento. Manejaba muy bien la guitarra". Las actuaciones de Pink Floyd contaban con el fuerte atractivo del acompañamiento de luces y proyecciones, algo innovador para la época (la Velvet Underground, al otro lado del Atlántico, comenzaban a ofrecer un espectáculo similar). En muchos casos, estos conciertos terminaban por convertirse en una suerte de jam sessions lisérgicas en donde la sombra de Barrett se movía al ritmo de unos acordes que parecían llegados de abismos sónicos inexplorados hasta el momento.

El primer salto de importancia para los Floyd lo podríamos fijar a partir de sus apariciones en el club UFO (fundado por John Hopkins y Joe Boyd), por donde también pasaron bandas ilustres como Procol Harum, Tomorrow o The Crazy World of Arthur Brown. Junto a este hecho, es obligado señalar la inclinación de Barrett, a comienzos de 1967, por el LSD, la sustancia alucinógena de moda que también encandiló a formaciones como Jefferson Airplane o Grateful Dead. Es también durante esos días cuando Roger, Syd, Nick y Rick deciden dejar de lado sus estudios para centrarse completamente en el grupo; la prioridad era grabar un disco cuanto antes. Un mes después publicaban Arnold Layne, un primer sencillo compuesto por Barrett y producido por Boyd que levantó alguna polémica al tratar sobre un travesti ciertamente fetichista. El tema se coló en la lista de los más vendidos y sirvió para descubrir a un público más amplio el mágico mundo que Barrett intentaba trasladar al territorio del pop. Ya en pleno "Verano del amor" llegaría un segundo lanzamiento bajo el nombre de See Emily play, nuevo single nacido de la pluma y la (alterada) mente de un Syd Barrett que ya tenía preparado gran parte del material que se incluiría en el primer álbum de Pink Floyd. Los juegos de Emily afianzaron el creciente éxito de un grupo cuyo cerebro nos ofrecía fotografías musicales llenas de travestis cleptómanos, niñas incomprendidas o gnomos ataviados con túnicas escarlatas. Según ha comentado David Gilmour, que aún no pertenecía a la banda, fue durante las grabaciones de See Emily play cuando Barrett dio las primeras muestras serias de un cambio de personalidad debido al consumo de distintos tipos de drogas (“muchas veces ni me reconocía cuando me pasaba por el estudio”).

Unos días después se publicaba The piper at the gates of dawn (Capitol, 1967), primer LP de Pink Floyd. El llamativo título está sacado de El viento en los sauces, de Kenneth Grahame, una de las lecturas favoritas de Syd. El álbum, considerado una de las obras más importantes de la música psicodélica, también es un muestrario de lujo para introducirse en la cada vez más marchitada mente de nuestro protagonista. The piper, a pesar de las distintas y esenciales aportaciones del resto de componentes del grupo, es un libro sonoro marcado por una imaginación, la de Barrett, que ya dibujaba paisajes imposibles pero que, por suerte o por desgracia (disyuntiva candidata a constante bajo estas condiciones), se vieron ampliados y coloreados más intensamente gracias a sustancias como el citado LSD. El disco nos presenta a personajes tan variopintos como el gnomo Grimble Crumble, un espantapájaros excesivamente triste o un chico que repasa sus increíbles pertenencias para ofrecérselas a la muchacha que le quita el sueño (“eres el tipo de chica que encaja en mi mundo”). La apertura con Astronomy Domine o ese desmadre caleidoscópico llamado Interstellar overdrive allanaron el camino para aquellos que etiquetaban su música como “espacial” y otras denominaciones por el estilo. Lo cierto es que sería por esos caminos, que parecían (y parecen) abiertos gracias a experimentos realizados en un laboratorio algo bizarro, por donde la banda transitaría y alcanzaría el éxito masivo tras la partida de Syd Barret.

Según Peter Jenner, mánager de Pink Floyd en aquellos primeros años, “todo era muy fácil por aquel entonces. La pregunta es por qué luego se volvió tan difícil. Yo culpo al ácido, pero creo que si no hubiera sido alguna otra cosa”. Wright también lo tenía más o menos claro: “La cuestión es que uno no sabe si el ácido aceleró todo ese proceso que ya estaba ocurriendo en su cerebro o si lo causó. Nadie lo sabe, pero estoy seguro de que las drogas tuvieron mucho que ver”. Los síntomas fueron acrecentándose en Barrett con el discurrir de los días; su jovialidad se iba perdiendo poco a poco, los lapsus de memoria eran mayores y algunos de sus actos hicieron sonar la alarma en su entorno (llegó a encerrar a su novia durante tres días alimentándola únicamente con galletas que le pasaba por debajo de la puerta). Las sustancias que consumía no lograban evadirle de la realidad de un mundo, muy alejado de aquellos construidos dentro de su cabeza, en donde la presión de una gira agotadora, la fama y las diferencias con sus compañeros eran obstáculos que había que sortear prácticamente a diario. En un programa de radio de la BBC, Syd llegó a marcharse en mitad de la emisión declarando que no quería volver a hacer algo así jamás. A ello le siguió un comportamiento cada vez más problemático encima de los escenarios: es fácil, tras conocer un poco más a fondo esta historia, imaginarse a Syd frente al micro, con la mirada perdida y rasgueando su guitarra de forma errática. Así lo recordaría Roger Waters años más tarde, refiriéndose a algunos recitales de la gira americana y a los conciertos que dieron posteriormente como teloneros de Jimi Hendrix: “Desafinaba toda la guitarra durante una canción, golpeando las cuerdas… Algo muy moderno pero muy difícil para que pudiéramos seguirlo. En momentos así pensábamos que necesitábamos otra persona”. Estaba claro que sus compañeros comenzaban a perder la paciencia y probablemente, en toda aquella vorágine de acontecimientos desbordantes, no prestaran a Barrett la atención que requería. Ellos mismos, años más tarde y gracias al imbatible punto de vista que otorga la perspectiva temporal, han declarado que podrían haber tratado una situación tan complicada de otra manera. Ese agrio sabor, mezcla de añoranza y ¿culpabilidad? llevaría a Pink Floyd a dedicar gran parte de su obra posterior al compañero caído y casi abandonado (está presente en álbumes tan mastodónticos como Dark side of the Moon, Wish you were here o The wall, sin duda alguna la columna vertebral de la discografía post-Barrett). Para intentar arreglar los problemas en directo, David Gilmour se incorporó a la formación. Como quinteto la existencia fue breve ya que un día, antes de la actuación, sus amigos no se pasaron a recoger a Syd. Algunas semanas más tarde se hacía público el anuncio oficial de que “había dejado el grupo”.

Barrett se mudó entonces al apartamento de Storm Thorgerson, diseñador de Hipgnosis y responsable de muchas de las clásicas portadas de la banda. A mediados de año se editaría A saucerful of secrets (Capitol, 1968), segundo álbum de Pink Floyd, en donde la participación de Syd se limitaba a Jugband blues, una pieza neblinosa que servía para cerrar un trabajo meritorio pero claramente inferior al supersónico debut capitaneado por Barrett. En los primeros meses de 1969, el Diamante loco volvería a los estudios Abbey Road para grabar su primer disco en solitario. Las canciones gustaron a Malcolm Jones, responsable de Harvest Records, que se volcó en un proyecto donde participarían personajes como Jerry Shirley (Humble Pie), Willie Wilson (Quiver) o los Soft Machine. Las sesiones se volvieron complicadas por momentos, especialmente cuando los músicos cuestionaban a Syd sobre lo distintos recovecos de una canción. Cuenta Robert Wyatt que, si le preguntaban algo como “¿en qué tonalidad está?”, él simplemente respondía “sí”. David Gilmour y Roger Waters aparecieron entonces para comandar las grabaciones restantes y ocuparse también de la mezcla de un álbum que, para más inri, se llamaría The madcap laughs (algo así como “El loco se ríe”). El resultado es un compendio de melodías donde prima una sencillez cimentada en la voz y la guitarra de Barrett y cuyos textos mantenían el sabor de los escritos para The piper at the gates of dawn. Sin embargo, las historias más o menos reconocibles de los primeros tiempos dejaban paso a imágenes más difusas y extrañas (Love you comienza con un irresistible y laberíntico “honey love you, honey little, honey funny sunny morning, love you”). El buen recibimiento por parte del público animó a Syd a grabar un segundo trabajo al que llamaría Barrett. Editado a finales de 1970, el disco no contó en esta ocasión con la colaboración de Waters pero sí con la de Richard Wright. Este último, cuatro años después, se despacharía a gusto: “No puedo imaginar que esos trabajos le gusten a alguien; musicalmente son atroces. La mayoría de las canciones eran fabulosas, pero era imposible obtener un sonido claro por el estado en que se encontraba Syd en aquel momento”. Pero, al igual que tras su periodo en Pink Floyd, Syd terminó por sucumbir al huracán de exigencias que conlleva la fama y se trasladó a la casa de su madre en Cambridge donde, según cuentan, ingresó en un sanatorio durante una temporada. Ya en 1972 formaría una banda llamada Stars junto a Twink, el que fuera batería de grupos como Pink Fairies o Tomorrow. Durante los dos años siguientes, Syd obtendría grandes ingresos gracias a los royalties de sus temas (David Bowie había grabado See Emily play) mientras su leyenda comenzaba a crecer con más ímpetu. Físicamente, Barrett engordó hasta los noventa kilos, se afeitó la cabeza y su vestuario habitual se nutría de bermudas y camisas hawaianas. Peter Jenner intentó que grabara material nuevo, pero finalmente desistió ante una tarea que ya se antojaba prácticamente imposible para todos. El mismo Jenner llegó a declarar años más tarde que “Syd era un gran artista, de una creatividad increíble, y es trágico que el negocio de la música haya tenido bastante que ver en su hundimiento”. Durante la grabación de Wish you were here (Capitol, 1975), los componentes de Pink Floyd recibieron en el estudio la visita de un Syd al que nadie reconoció hasta que no repararon atentamente en su mirada. En la década de los 80, sus apariciones en prensa fueron cada vez más escasas (aunque llegó a publicarse que había muerto) y no visitaba a sus antiguos compañeros porque, si lo hacía, se deprimía durante largas temporadas.

Desde entonces, su legado, como es natural en estos casos, se ha estrujado con la publicación de sesiones inéditas de grabación, directos o recopilatorios (tal vez el más recomendable para un melómano sea Crazy diamond, un box-set compuesto de tres compactos y editado por Harvest/EMI en 1994). También son destacables las numerosas citas y homenajes hacia su persona durante estas últimas décadas dentro del mundo de la música, así como las distintas revisiones de algunos de sus temas por parte de grupos y artistas como The Jesus and Mary Chain o Robyn Hitchcock. Barrett, durante estas últimas décadas, recibía un trato comparable al de Hendrix o Janis Joplin, con la diferencia de que él, aunque escondido y herido de muerte, aún se mantenía con vida. En julio de 2005, Pink Floyd se reunieron y dedicaron Wish you were here a Syd en un momento verdaderamente emocionante. Justamente un año después nos llegaba la triste noticia del fallecimiento de Barrett debido a un cáncer pancreático. Probablemente, desde su particular paraíso multicolor, el "Diamante loco" se siga preguntando eso de “¿y qué es exactamente un sueño? ¿y qué es exactamente un chiste?”. Tal vez la respuesta sea él mismo…

(Texto aparecido originalmente en el número 3 de 200 días en Sing Sing)

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4 Noviembre 2009

Ya disponible el número 3 de 200 días en Sing-Sing

Direccion: Javier M. Reguera
Diseño & Maquetacion: Javier M. Reguera
Portada No. 3: Fernando Montiel Klint

pdf Descargar 200 dias en Sing-Sing No.3 Noviembre 09

Colaboran en este numero. Fernando Montiel Klint. El Señor García. Luis Catalá Oltra. Carmelo Hernando. Rodolfo Martínez Gras. Germán Labrador Méndez. Miguel Trillo. Javier Molinero. Francisco José Fernández Luque. Pablo Mazo. Esther García Llovet. Alvaro Vargas. Irene Pérez.. Veda. Luisa Medina. José Luis Micó.

200 días en Sing Sing

Así se fundó Carnaby Street

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26 Octubre 2009

Los autonautas de la cosmopista

Entre mayo y junio de 1982, los cronopios Julio Cortázar y Carol Dunlop –su tercera pareja y segunda esposa-, realizaron un viaje que llevaban algunos años persiguiendo y que, por agendas rebosantes de compromisos, se demoró más de lo esperado. El proyecto consistía en recorrer el trayecto París–Marsella -cerca de ochocientos kilómetros- sin abandonar bajo ningún concepto la autopista y visitando dos paradores por jornada. El periplo consumió treinta y tres días llenos de anécdotas y vivencias que en las cuatro manos del feliz matrimonio quedan transfiguradas en una aventura fabulosa.

Los autonautas de la cosmopista (1982), que a la postre podríamos considerar como la última obra del genial escritor argentino, se nos presenta como un cuaderno de bitácora donde los menús diarios, las fotos y las ocurrencias de ambos conforman un collage terriblemente atractivo. Asistimos a la génesis del evento, a los bautizos de los protagonistas –el Lobo, la Osita y Fafner el dragón, esto es, la furgoneta roja Volkswagen modelo T2A- y, tras dejar atrás un buen puñado de hojas, a un final del recorrido donde, con lágrimas en los ojos y bajo una angustia que únicamente es combatida a través del silencio, la pareja se refugia tomando un pastis marsellés en el Vieux Port.

Pocos meses después, la joven autonauta Carol fallecía, dejando a Cortázar completamente sólo frente a la tarea de editar y poner en orden todas las cuartillas e instantáneas del viaje; de ahí que se incluya un epílogo a cargo del Lobo totalmente sobrecogedor y lleno de una belleza que es igualmente apreciable en muchos pasajes de esta obra.

Post-Scriptum

"Lector, tal vez ya lo sabes: Julio, el Lobo, termina y ordena solo este libro que fue vivido y escrito por la Osita y por él como un pianista toca una sonata, las manos unidas en una sola búsqueda de ritmo y melodía.

Apenas terminada la expedición, volvimos a nuestra vida militante y partimos una vez más a Nicaragua donde había y hay tanto para hacer. Carol reanudó allí su trabajo de fotógrafa mientras yo escribía artículos para mostrar en todos los horizontes posibles la verdad y la grandeza de la lucha de ese pequeño pueblo que infatigablemente continúa su viaje hacia la dignidad y la libertad. También allí encontramos felicidad, ya no solo en los paraderos del París-Marsella sino en el contacto diario con mujeres, hombres y niños que miraban como nosotros hacia delante. Allí la Osita empezó a declinar víctima de un mal que creíamos pasajero porque en ella la voluntad de la vida era más fuerte que todos los pronósticos, y yo compartía su coraje como siempre compartí su luz, su sonrisa, su enamorada vivencia del sol, del mar y de la esperanza en un futuro más hermoso. Volvimos a París llenos de planes: terminar el libro, dar sus derechos de autor al pueblo nicaragüense, vivir, vivir todavía más intensamente. Siguieron dos meses que nuestros amigos llenaron de cariño, dos meses en que rodeamos a la Osita de ternura y en que ella nos dio cada día ese valor que nos iba abandonando. La vi emprender su viaje solitario, donde yo no podía ya acompañarla, y el 2 de noviembre se me fue de entre las manos como un hilito de agua, sin aceptar que los demonios dijeran la última palabra, ella que tanto los había desafiado y combatido en estas páginas.

A ella le debo, como le debo lo mejor de mis últimos años, terminar solo este relato. Bien sé, Osita, que habrías hecho lo mismo si me hubiera tocado precederte en la partida, y que tu mano escribe, junto con la mía, estas últimas palabras en las que el dolor no es, no será nunca más fuerte que la vida que me enseñaste a vivir como acaso hemos llegado a mostrarlo en esta aventura que toca aquí a su término pero que sigue, sigue en nuestro dragón, sigue para siempre en nuestra autopista."

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18 Octubre 2009

Big Star - Keep an eye on the sky

Parece que Big Star van teniendo poco a poco el reconocimiento que se merecen. Sus tres obras de los setenta -trabajos de los que se nutre esta caja recopilatoria, ya que lo de In space (Rykodisc, 2005) quedará como una anécdota en su trayectoria- son un referente para gran parte de la generación power-pop que va desde la pasada década a la actualidad. Nombres como los de R.E.M., Teenage Fanclub o The Replacements -cuyo tema Alex Chilton fue incluido en una de las ediciones del videojuego Rock Band- han demostrado en más de una ocasión su devoción por ellos. El desembarco de internet también ha ayudado a ensalzar las cualidades de una banda a la que no pocas veces le han colgado el sambenito de “grupo maldito”. Además, las constantes giras -Alex Chilton y Jody Stephens, los dos miembros originales de la formación, junto a Jon Auer y Ken Stringfellow, ambos pertenecientes a los Posies- han revitalizado el interés por unas canciones que siempre estuvieron ahí, probablemente algo enterradas, pero a la vista de todo el mundo.

Rhino, responsable de la edición de algunas de las cajas recopilatorias más recomendables de los últimos años, nos ofrece en esta ocasión un box-set que se nos antoja imprescindible, especialmente para aquellos seguidores de la banda que tienen como referencia la inmaculada trilogía compuesta por #1 Record (Ardent, 1972), Radio city (Ardent, 1974) y Third/Sisters lovers (Rykodisc, 1978). Estructurado en cuatro compactos, Keep an eye on the sky (Rhino, 2009) nos ofrece su conocido material de estudio acompañado de numerosas demos y tomas alternativas, la mayoría de ellas inéditas hasta ahora. En este sentido, destacan los temas al desnudo del tortuoso y genial Third/Sisters lovers (definitivamente, podríamos coronar a Holocaust como una de los momentos más desoladores del rock). También encontramos piezas de los proyectos anteriores a Big Star como Try again y The preacher (Rock City) o All i see is you (Icewater), cuyo estribillo parece estar sacado del Dig a pony de los Beatles. Todo un acierto, además, el de incluir I am the cosmos y You and your sister, canciones que aparecían en el primer y único álbum del malogrado guitarrista Chris Bell.

El último de los cuatro discos recoge una actuación del grupo en el Lafayette's Music Room de Memphis en enero de 1973, dentro de una gira donde presentaban #1 Record y ofrecían algún adelanto de lo que sería su próximo trabajo -ya sin Chris Bell, que había abandonado recientemente la formación-. Dentro del setlist encontramos clásicos como Thirteen o The ballad of El Goodo junto a enérgicas revisiones de Baby's strange (T-Rex), Come on now (The Kinks), Hot burrito #2 (The Flying Burrito Brothers) y un Slut (Todd Rundgren) que actualmente la siguen invocando en sus directos.

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